Era un sábado en la mañana, y muy soleado pese a que el otoño había arribado hacía unas pocas semanas. Cuando bajé del auto, de muy mal humor, sentí que el calor del sol ardiente escocía mi espalda. Por un momento mi mente se salió de su lugar y me hizo creer que estaba en California, cerca de una de sus hermosas playas, y rodeada de sus alucinantes paisajes; pero el sonido de mi equipaje chocando contra el suelo húmedo de la calle, me devolvió a la realidad, recordándome que a partir de ese momento, Nueva Jersey, o más desagradablemente aún, Atlantic City, sería mi hogar.
Recogí mi cabello en una cola de caballo porque mi cuello comenzaba a sudar. Odio sudar. Recorrí con la mirada toda la calle, desde una esquina hasta la otra, pero buscar algo que saltara a la vista, fue completamente en vano: todas las casas eran iguales, como un monótono valle de concreto, en donde, hasta el cielo se podía confundir fácilmente con el tono oscuro de los tejados. En ese instante extrañé tanto el resaltante contraste de Albany. ¿Por qué el color de mi vida tenía que cambiar tan drásticamente de un momento a otro?
-¡Lynne, deja de soñar despierta y ayúdanos con el equipaje! -esa era la voz de mi madre, tensa e impasible como siempre. Su voz gutural intensificó más aún mi disgusto hacia esa ciudad.
Tuve que obedecer. Me despegué de la incómoda corteza del árbol en el que me había reclinado, y levanté mis maletas del suelo apáticamente. No dejaba de pensar en lo terrible y aburrida que sería mi existencia desde ese momento en adelante.
Mamá es rubia, bien, no en realidad; ella se tiñe el cabello desde los diecisiete. Originalmente, tenía el cabello castaño oscuro, igual que yo. Su piel es algo pálida, cubierta de lunares de diferentes tamaños; la mayoría se concentran alrededor de su cuello. Una vez oí decir a papá que esos lunares eran lo que más le atraía de ella. Yo creo que le dan personalidad. De mirada firme a pesar de que sus ojos son de un azul cristalino; de nuevo, al igual que los mios. A decir verdad, me parezco bastante a ella, con sus rasgos refinados, cuerpo esbelto de figura perfectamente moldeada, y manos alargadas y suaves; excepto porque las mías suelen estar adornadas con toda clase de anillos y brazaletes coloridos, sin mencionar los esmaltes platinados que uso en mis uñas.
-Adorarán la casa, niñas. Es enorme, y tendrán una habitación para cada una. Justo como siempre desearon -así era mamá, tan entusiasta como siempre, era incapaz de ver el lado malo de las cosas-. Lo más impresionante es que su padre la consiguió a un precio bastante accesible. ¿Quién diría que el costo de las propiedades en este condado sería tan bajo?
Por supuesto que es bajo. Pensé. Nadie quiere vivir aqui y todos están desesperados por marcharse. Me parecía sorprendente que ninguno de mis padres hubiese notado eso aún. A veces considero su ingenuidad encantadoramente adorable.
-Bueno, apresurémonos todos. Ya no puedo esperar para entrar en nuestra nueva casa. Sabía que venir a Nueva Jersey había sido una exelente decisión.
Sí, una que olvidaste consultar con los demás, madre. Después de alzar todo el aquipaje, y de que papá se asegurara de que todas las puertas del auto estuviesen cerradas, comenzamos a caminar. Me alegré tanto de que mi maletin tuviera ruedas. Estaba muy pesado.
Si se preguntan por qué nos estacionamos lejos de la nueva casa, bueno, eso fue idea de papá; quería que la imagen de la casa fuese una sorpresa, y valla que lo fue. Sue, mi pequeña hermana, y yo, nos quedamos con la boca abierta cuando la vimos, unos metros antes de llegar hasta ella. Era tan grande, que podíamos verla desde allí. ¿Realmente era ahí donde viviríamos?
-Les gusta, ¿no es cierto, niñas? -preguntó mamá con su habitual sonrisa de triunfo.
La casa parecía casi una manción. La fachada lucía antigua como de medio siglo de edad; y sin embargo, el color crema la hacía parecer original y un poco más moderna. La parte inferior estaba decorada con un tipo específico de piedra que no pude reconocer, pero me encantaba su hipnotizante brillo. Un larga cerca blanca, de mediano tamaño rodeaba la propiedad, enmarcando el césped que se veía húmedo y oscuro, como si el frío de septiembre comenzara a hacer mella en él. También había árboles, altos y de sombra fresca. No había flores, sólo plantas extravagantes, pero estaba segura de que mamá se encargaría de plantarlas.
Mi boca se movió, como para decir algo, pero no articulé palabra alguna. Estaba impresionada, pero no quería dar ningún comentario positivo. No. Eso significaría, que efectivamente, mamá había ganado. Soy un poco competitiva si el asunto de verdad me interesa.
-Vamos, princesas, digan algo -nos animó papá. A él también se le veía satisfecho.
Papá era un hombre alto, de fuertes rasgos, que se hacían más visibles en ese instante, puesto que había olvidado rasurarse y una tenue sombra oscura cubría la parte superior de sus labios y su mentón. Sus ojos eran de un café muy oscuro, casi negros, y pequeños; muy dulces. Su rostro era una paradoja. El cabello lacio y tenuemente rojizo de papá era lo que más le gustaba a mi madre. Ella siempre ha tenido buen gusto para escojer a los hombres. Lo sé; tiene fotografías de sus novios en su juventud.
-¡Es fabulosa! -y ahí estaba Sue, todo el tiempo en contra de la opinión de su hermana mayor. Su grito de admiración me taladró los oídos. Mamá y papá rieron, sin embargo.
Sue era como una versión mía en pequeño, pero con el cabello mucho más claro, entre rubio y rojo. Yo desearía tener su brillante y ondulado cabello; en lugar de eso, el mío es muy lacio.
-Me alegra que les guste -dijo papá, aún sonriendo, y ese comentario me obligó a responder inmediatamente.
-¿Les? -pregunté con tono de voz elevado-. ¿No crees que "les" implica a más de una sola persona? Yo no dije que me gustara.
La longitud de la sonrisa en el rostro de ambos padres disminuyó considerablemente. Una vez más, mis exigencias desmejoraron su buen ánimo.
-Entonces dinos qué opinas.
No quise responder. Si decía algo disgustante, sabía que mis padres se enojarían, o peor, se deprimirían. Pero tampoco podía decir algo agradable porque no me sentía de ese modo. Estaba enojada, indignada y dolida, porque no sólo me habían sacado de mi verdadero hogar, alejándome de todo y de todos, sino que tampoco me habían preguntado nunca si yo estaba de acuerdo. Estaba segura de que mi opinión para ellos no era importante, entonces, ¿por qué ahora querían saber que opinaba de aquella enorme vivienda?
-La odio -dije, y me sentí muy mal por dentro, pero por fuera mi rostro expresaba cuán enfadada estaba con ellos.
La poca alegría que aún permanecía en sus rostros se borró por completo. Inluso Sue estaba muy seria, y mirándome como si me reprochara ser la única que no estaba feliz. Mis padres se miraron inexpresivos el uno al otro.
-Eso no es importante ahora -dijo luego papá, y me sentí aún más indignada. De nuevo me ignoraban-. Mejor, entremos de una vez. Así cada una podrá elegir su habitación.
-¡Sí! -gritó Sue, emocionada otra vez.
Mis padres volvieron a reír, y con su rostro nuevamente iluminado, caminamos el resto de la acera y cruzamos el largo camino del jardín delantero. Yo iba de última, sintiendo que no era parte de esa familia.
Fue mamá quien abrió la puerta. Cuando entramos no puede evitar demostrar que estaba muy asombrada. El lugar se veía mucho más grande por dentro. El suelo era de parqué real. Las paredes estaban pintadas todas de blanco, y los muebles en beige hacían juego con la vacía decoración. Amé las escaleras, sin embargo; eran de madera, y el pasamanos de cristal, mostraba un diseño bastante antiguo, casi imperial.
En la planta baja estaba la sala principal. El baño más grande, en donde mi padre se apresuró a entrar. La cocina; a diferencia de mamá, no entré en ella de inmediato. Y dos habitaciones, una de las cuales Sue fue a explorar.
En cuanto a mí, giraba en mis propios pies, como en trance, observando detenidamente todo el lugar. Estaba tan concentrada que apenas si escuché distante la voz de Sue exclamar el enorme tamaño de la habitación que revisaba.
Pese a mi arragaido desagrado y a la lúgubre ambientación, el lugar era ciertamente fascinante. Prometía, y era el escenario perfecto para mi pequeño mundo. Sí. Un montón de ideas surgieron de pronto en mi cabeza, acompañadas de una ambisiosa sonrisa que curvó mis labios.
Rápidamente subí las escaleras, acariciando la baranda, hasta el siguiente nivel. ¡Era increíble! ¡Había seis habitaciones! ¡Era perfecto! Todas tenían puertas de madera de abeto, torneadas y laquedas, con un extraño dibujo grabado en su superficie, al igual que las puertas del nivel inferior. Entré, exitada, en una de las recámaras. Sue tenía razón. Eran enormes. Con baño propio, una cama matrimonial en el medio, un ventanal que iba desde el suelo hasta el techo y una escalera de poca altura que conducía a un espacio, que me pareció perfecto para convertirlo en una especie de estudio propio. Seguro sería difícil pintar las paredes tan altas, pero, ¿qué más daba?, adoraba esa habitación, y sería mía. De pronto Nueva Jersey no sonaba tan mal para mí.
Cuando ya había decidido cabalmente cómo sería la decoración de cada rincón, pensé en volver con los demás y ver qué hacían. Bajé las escaleras, aún sonriendo. Mi familia descansaba en el sofá. Sabía que no desempacarían ese día. Tampoco yo, estaba cansada y sólo quise recostarme junto a ellos. Me acurruqué también en el sofá y apoyé mi cabeza en el regazo de mamá. Ella, calmada, acarició mis cabellos, hasta quedarme dormida.
Ese domingo en la mañana decidí salir a caminar. Recorrer las calles, y conocer mejor el que de ahora en adelante sería mi vecindario. Después de desayunar, mis padres habían ido a examinar el techo de la casa, y Sue había vuelto a la cama. Yo simplemente me fui. El día habia amanecido fresco, quizá porque había llovido la noche anterior. Me gusta que llueva en las noches, porque me relaja, aunque prefiero que los días sean brillantes y soleados. Mientras caminaba sentía la fría brisa en mi rostro y alguna que otra hoja que había caído de los árboles, de vez en cuando, se cruzaba con mis converses azules. ¿Como podría acostumbrarme a tanta tranquilidad?
Mientras estaba perdida en mis pensamientos, no me di cuenta de que una persona corría hacia mí, por lo que sólo sentí un fuerte golpe repentino que me hizo caer al suelo con los ojos apretados.
Lo admito, el dolor me imbadió entera y me aturdió. Lo primero que quise hacer después de notar lo que había pasado, fue matar a esa persona, o por lo menos, descargar mi ira sobre ella. Pero, al abrir los ojos, y subir la cabeza no pude decir nada; no sólo estaba viendo a un chico como de mi edad, o quizá algo mayor, sino que estaba viendo el rostro más angelical que jamás había visto, y esos hermosos ojos, no podían ser más tímidos y tiernos. Me quedé observando al chico, que parecía amilanado, por unos segundos.
Tenía el cabello castaño claro y la piel blanca y tersa; su contextura no era fuerte pero tampoco era tan débil. Una expresión nerviosa definía su semblante, y yo, simplemente no podía apartar mis ojos de los suyos.
Él, sin embargo, bajó la mirada, y en un tono casi asustado pidió disculpas por no fijarse. Luego se levantó y continuó corriendo. Le seguí con la mirada, aún tirada en el suelo. Antes no hubiese pensado que encontraría algo tan especial en aquella ciudad.
Después de ponerme de pie, una vez más continué caminando. Durante el siguiente cuarto de hora continué pensando en ese chico que acababa de chocar contra mí. Sabía que parecía tonto pensar en alguien a quien no conocía, pero yo no pensaba en él románticamente, al contrario, me inspiró tanta ternura que simplemente deseaba volver a verlo y convertirme en su amiga. ¡Hablaba en serio! De cualquier manera, en ese instante, su rostro desapareció de mi mente; pienso en tantas cosas al mismo tiempo, que me es difícil retener recuerdos por demasiado tiempo.
Después de rocorrer otras dos calles colindantes, me senté en una banca simplemente para respirar aire fresco; eso era algo que no había en Nueva York. Y una vez más, personas corrieron hacia mí.
-¡Detente Jana! -gritó una de las chicas que corría. Era la última. Delante de ellas había más chicas, todas riendo, especialmente la que iba de primera: una chica de cabello largo y ondulado, que al escuchar su nombre se volvió e hizo una mueca graciosa.
-Jaja, ¡todas son tan lentas! -respondío aún riendo.
Yo me cubrí con ambos brazos y subí mis pies a la banca, creyendo que me derribarían, pero todas pasaron de largo. Eran cinco más o menos y corrían como caballos salvajes sin riendas; por un momento me puso de mal humor su comportamiento. ¿Que no eran civilazadas las personas en esa ciudad? Como fuese, todavía no había desempacado mis cosas, por lo que era mejor regresar a casa.
Así lo hice, y una vez que estube en el gran jardín delantero, vi a mis padres aún examinando el tejado. Son muy cuidadosos con esas cosas. En ese momento escuchamos a Sue que gritaba, y todos nos sobresaltamos.
-¡Ahhhhhhhhhhhhhh!
Inmeditamente, corrimos hacia donde estaba ella, muy alarmados. Deduciendo su hubicación por el sonido de su voz, nos dirgimos hacia el jardín tracero, el cual era todavía más grande.
-¿Sue? -llamó papá.
-¡Sue!, ¿qué ocurre, amor? -gritó mamá, un poco histérica.
Entonces la vimos. Pero ella no se veía nada asustada, al contrario, parecía muy contenta.
-¡Escuchen todos, tenemos piscina! -gritó, emocionada. La pequeña estaba sentada en el borde de una alberca que mis padres no nos habían dicho que existía. Estaba tan aliviada que fue como si mi alma regresara a mi cuerpo. Por lo que noté, mis padres sintieron lo mismo.
Mamá y papá suspiraron al unísono.
-Sue, no vuelvas a asustarnos de esa manera, nos aterramos al oirte gritar -dijo mamá, con un leve tono de enfado.
-Lo siento -se disculpó mi hermanita-. ¿Por qué no nos dijeron que tendrímos una piscina tan grande?
Esa pregunta también había cruzado por mi cabeza. Mientras mis padres se sonreían el uno al otro, antes de responder, me acerqué a Sue y también me senté al borde de la alberca, disfrutando de una nueva perspectiva de mi futura vida. No me molestaba en lo absoluto la idea de ir nadar todas las mañanas en mi piscina propia.
-Queríamos que fuese una sorpresa -dijo por fin, mamá-. Sabíamos que estarían emocionadas al verla.
Al menos en eso habían acertado al cien por cien. Estaba emocionada, y creo que mi expresión lo dejó de manifiesto porque papá me miró y dijo:
-Me alegra que haya algo de la casa que no odies, Lynne.
Sabía que lo único que no hacía sentir bien a mis padres era mi opinión, pero, ¿qué podía hacer yo? Todavía no tenía el buen humor suficiente como para disculparme por mis palabras y decir que adoraba cada rincón de aquella casa. Por ahora, ellos deberían esperar.
-Me alegra que te alegre -contesté.
Por un momento, ni papá ni yo dijimos nada, simplemente nos miramos, y era como si pudiéramos comunicarnos sólo con el brillo punzante de nuestros ojos. Creo que mamá, quien nos observaba, presintió algo de tensión en la situación, porque deliberadamente, para calmar los ánimos, exclamó:
-Bueno y, ¿quién quiere darse un chapuzón?
-¡Yo! -gritó Sue, levantándose de un salto.
Pese a los ruidos de exitación que Sue profería, y las risas estruendosas de mamá, papá y yo continuámos mirándonos, sin decir nada, pero yo sabía lo que él estaba pensando: estás castigada.
Mamá y Sue fueron por sus bañadores y se apresuraron a entrar en el agua. La piscina se veía deliciosa, pero yo estaba de mal humos nuevamente, así que subí a mi habitación. Comencé a desempacar mi ropa y otras cosas; el camión de la mudanza se había retrasado un poco y llegaría con el resto de nuestras cosas al día siguiente, por lo que por ahora todo lo que podía hacer era guardar mi ropa en el armario, del que no ocupé ni la mitad; en ese momento supe que necesitaba ir a un centro comercial lo más pronto posible. Saqué de un maletín todos los libros que necesitaría para asistir a la escuela al día siguiente, y al final de la pila estaba mi diario. Ese diario era lo más importante que tenía, ahí estaba todo lo que yo era y lo que deseaba; lo consideraba de alguna forma mi mejor amigo, e incluso tenía nombre: MoonLand! Sí, lo sé, es un extraño nombre para un diario, pero esa es una historia graciosa que prefiero dejar para después. Nadie nunca lo había leído. Una vez Sue intentó hacerlo pero la atrapé antes de que lo abriera; quería matarla. Nadie puede saber lo que allí está escrito, y si alguien lo descubriera, sé que me moriría.
La madrugada del lunes fue muy pesada; no deseaba levantarme, aún cuando sabía que ese era mi primer día en mi nueva escuela. Mis padres decidieron que estudiaría en la secundaria Ranon; la verdad, no sonaba nada bien. No me levanté de la cama, más bien, me caí de ella, atascada entre las sábanas. Me levanté haciendo extraños ruidos y revolviendo aún más mi cabello, el que por cierto, si tuviera mente propia, se habría enrollado al rededor de mi cuello y me habría extrangulado, sólo por ver el estado fatal en el que había permitido que estuviese.
Qué suerte que los espejos no suelen mentir. Pensé, al ver lo horrible de mi apariencia en mi reflejo; tenía mucho trabajo que hacer esa mañana. Después de arreglarme a mi propio estilo, el estilo Lynne, tomé mi mochila, mis libros, mi diario -del cual nunca me desprendo- y me dirigí a la puerta. En el umbral me di vuelta y observé mi habitación, ésta todavía estaba bastante vacía. Iniciaría con todo el proceso de redecoración esa semana; no iba a postergarlo por más tiempo. Salí y bajé las escaleras.
En la cocina, mamá estaba sirviendo el dasayuno. Sue estaba ya comiendo, mientras que papá leía el diario a la vez que una humeante taza de café se ubicaba frente a él. Típico de papá. Pensé. Ese día mis padres no me llevarían, por lo que tenía que tomar el autobús; era la primera vez que debía subir a uno y estaba algo nerviosa. Como no podía retrasarme, comí mis tostadas y mis huevos con tocino lo más rápido que pude, luego me levanté, me despedí de cada miembro de mi familia afablemente, y salí de la casa, corriendo para llegar a tiempo a la parada.
Lo que sucedió de camino a la escuela no es importante; tampoco el hecho de que cuando bajé del autobús, mi falda favorita estaba manchada de vómito ajeno. Fue muy asqueroso. Sin embargo, miré detenidamente el edificio de la escuela. Era un poco más pequeño que el de mi antigua secundaria, pero no estaba mal; me gustaron los ladrillos de la fachada. Mientras caminaba cruzando el césped, pensando en qué haría para desaparecer la mancha de vómito, tropecé con alguien tendido sobre la grama a quien no había visto y caí al suelo.
-¡Rayos! -exclamé, al tiempo que me ponía de rodillas.
-Lo siento -escuché decir a la otra persona.
Cuando me fijé bien, me di cuenta de que era una chica, como de mi edad, y no era cualquier chica, sino una de las que había visto correr la mañana anterior. Tenía el cabello lacio, más oscuro que el mío y la piel bronceada, con pequeñas pecas cubriendo su nariz. Vestía de manera simple, con una camisa de botones azul, una falda de estampado colorido y zapatos deportivos fucsias. La chica estaba acostada boca abajo, y me miraba sonriente.
-Disculpa, ¿estás bien? -pregunté. Ella me miró extrañada.
-¿Yo? Tú fuiste quien tropezó, ¿tú estás bien? -la chica se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.
-No, lo pregunto porque estabas acostada en la grama. Pensé que algo te sucedía.
La chica se quedó pensativa por un momento, luego rió.
-Lo lamento -dijo entre carcajadas-. Sí, estoy bien. Sólo intento ecuchar.
-¿Escuchar?
-Sí, escuchar- la miré sin entender. Ella comprendió y señaló el suelo.
-Cada año, el primer día, escucho el suelo para saber cuános estudiantes hay.
En ese intante creí que la chica estaba loca.
-¿Ah, sí?, ¿y cuántos hay este año? -le seguí la corriente. La chica sonrió.
-¡Mil doscientos treinta y cuatro! ¡Curenta y dos más que el año pasado!- respondió, y en ese momento supe que la chica sí estaba loca.
-Ahm, sí... Oye, la campana está a punto de sonar y aún no he ido a inscribirme formalmente.
-¡Oh, adelante! -respondió- La oficina de la señorita Lewber se encuentra en el segundo piso. Ella te ayudará con el papeleo y la asignación de tu aula de clases. ¡Espero que estemos juntas! -la chica sonreía emocionadamente.
-Sí... -respondí, intentando ser amable.
Me levanté, con la intención de buscar a esa señorita Lewber, pero no dí más de tres pasos, cuando la chica me llamó.
-¡Espera! -me volví hacia ella- ¿No quieres ayuda con esa mancha?
Sonreí, ésta vez, en serio.
-No debes sentarte junto a Angela Moore en el autobús. Vomita todo el tiempo así que todos la evitan -decía la chica mientras limpiaba la mancha con un paño, en el baño de chicas. Yo estaba sentada sobre el lababo.
-Soy nueva, no sé a quiénes se supone que deba evitar -respondí, creyendo que intentar eliminar el vómito era esfuerzo mal gastado. Simplemente era imposible que desapareciera.
Algunas chicas, salían y entraban en el tocador, todas con diversos propósitos, pero todas nos miraron de manera desagradable. El baño de chicas en esa escuela tenía losas de color rosa, y el espejo se extendía por toda la pared, también estaba bien dotado de toallas perfumadas guardadas en un estante de madera en un rincón; el jabón era líquido, con escencia de cereza, y había seis lababos incrustados en un largo mesón que parecía de mármol blanco. Me recordaba a los baños de hoteles.
-¡Ya está! -la voz estruendosa de la chica frente a mí, me hizo fijarme de nuevo en ella. Entonces vi mi falda.
-¡Oh, por dios! -exclamé- ¡La mancha no está!
La chica sonrió, en tanto guardaba en su bolsa un recipiente con contenido líquido, el cual había usado en el paño con el que limpiaba mi falda.
-Por supuesto que no está. Utilicé la receta casera quitamanchas de la abuela. Garantiza remover cualquier mancha, sin importar lo que sea... excepto por el jugo de moras, no sé por qué.
-¡Muchas gracias! -me bajé del lababo.
-No hay de qué -sonrió la chica-. A propósito, mi nombre es Cara.
-Soy Lynne.
Salimos del baño mientras continuamos hablando acerca de esa milagrosa receta quitamanchas casera; le dije que podría hacerse rica pero dijo que esa receta era un especie de tesoro familiar, y entonces supe que su "abuela" tenía más de ciento veinte años de muerta. Al parecer ella hablaba de su tátara, tátara, tátara abuela o algo así. Aún creía que ella estaba loca, pero por alguna razón, supe que seríamos amigas desde ese momento. Me dirigí a hacer el papeleo, y me asignaron el aula doscientos treinta y uno, junto con el casillero treinta y cuatro. No me dio tiempo de utilizarlo puesto que las clases estaban a punto de comenzar, así que fui directamente al aula.
-¡Buenos días, chicos! -saludó nuestro profesor. Era bastante guapo, y por las expresiones de mis compañeras, supe que no era la única que lo pensaba- Éste nuevo año yo seré su profesor encargado.
Susurros de emocón se dejaron escuchar. Curiosamente ninguno provenía de los chicos. El profesor, que no aparentaba más de veinti cuatro años, tenía el cabello revuelto, un poco largo y de color rubio oscuro. Sus ojos, muy llamativos, eran de un tono almíbar. Bajo su uniforme, se notaba que hacía ejercicio, y su piel también estaba bronceada. Me pareció que la playa era algo que todos disfrutaban por allí.
-Muy bien, muy bien, ya cálmense -hizo una pausa mientras las alumnas hacían silencio, luego prosiguió-. Como tenemos nuevos estudiantes, me gustaría que se levantaran y se presentran ante la clase. Comenzaré por mí mismo: mi nombre es Wyatt Coleman, y apartir de hoy seré su profesor de matemáticas. Espero que todos nos llevemos bien.
Eso era lo que más odiaba de ser nueva: presentarme. Una vez que el profesor... cualquiera que fuese su nombre, guardó silencio, miré a mi alrededor nerviosa. Como nadie se ponía de pie, tampoco yo lo hice, pero eso fue una mala idea, porque de todas formas el profesor me señaló, y tuve que levantarme.
-Ahm... -de verdad estaba nerviosa-. Mi nombre es Lynne Thelen... yo...
-No tienes por qué estar nerviosa -rió el profesor-. Nadie aquí va a comerte.
Escuché risas.
-Soy de Nueva York -dije más decidida-. Mi familia y yo vinimos aquí porque mi padre aceptó un nuevo cargo como gerente en la empresa para la que trabaja. La verdad aún no conozco bien la ciudad, por lo que no puedo decir nada favorable aún. Espero no ofender a nadie- la última acotación la encontré necesaria.
No escuché comentarios desagradables ni cuchicheos, por lo que presentí que no fue una mala presentación. El profesor guapo, como decidí llamarlo desde ese momento en adelante (es que desde que dijo su nombre en la primera clase, no logro recordarlo), sonrió satisfecho. Yo asumí que no sería un mal día y tomé asiento una vez más. Luego de que todos los demás chicos nuevos también se hubieron identificado, la clase tomó lugar.
Cara no estaba en mi clase, sin embargo, a la hora del almuerzo, logró interceptarme en el pasillo junto a mi casillero mientras guardaba mis cosas. Parecía un poco eufórica y dijo que tenía que presentarme a sus amigas, pues de seguro todas nos llevaríamos bien. Esperé que sus amigas no fuesen como ella.
Cara me condujo hasta ellas, que se encontrban sentadas en el césped, fuera de la cafetería. En ese instnte, las reconocí: ellas eran las que corrían junto con Cara, el domingo por la mañana. Almorzaban, y parecían normales, excepto una que parecía que llevaba demasiado delineador negro bajo sus ojos.
-Ellas son Jana, Maddie, Ember y Rough -dijo Cara una vez que nos sentamos junto a ellas. Todas me saludaron en el orden en el que fueron nombradas. Creí que eran agradables.
-Y chicas -dijo Cara sonriendo a las demás mientras colocaba uno de sus brazos sobre mis hombros-, ella es Lynne Thelen- sonreí e hice un gesto de saludo con mi mano. El viento soplaba fresco y había muchos estudiantes a nuetro alrededor; algunos comían y otros simplemente descansaban. Me pareció ver a un chico que dormía la siesta.
-Ah, sí. Eres la chica nueva de mi clase -dijo la chica que tenía el cabello negro. La miré, y si no estaba mal esa era Ember. Ahora que lo pensaba sí creía haberla visto durante las clases.
Me pareció muy amable. Su ojos índigos y oscuro cabello contrastaban con su piel nívea. También tenía rasgos delicados, que se asentuaron cuando me dedicó una dulce sonrisa. Estaba segura de que de todas, ella era la más normal.
-Qué mal que no estuvieras en mi clase, Lynne -dijo Cara.
-Ya déjala, actuas igual con todas las personas que conoces -dijo una chica rubia que por alguna razón parecía la líder del grupo. Su cabello estaba recogido en dos coletas, que no se le veían nada mal, en comparación con otras chicas. Tenía las facciones bien definidas, y por el tono de su voz se notaba que era enérgica y muy extrovertida. Ella era Jana, y parecía la más divertida.
Las otras dos no parecían hablar demasiado. Una, Maddie, sostenía un libro y parecía estar más interesada en él que en la conversación; tenía el cabello castaño claro, y la piel tigreña; también tenía un pequeño lunar negro bajo su ojo derecho. La otra chica, Rough (la del delineador excesivo), tenía una expresión lacónica, o mejor dicho no tenía expresión alguna, parecía en su propio mundo; tenía el cabello rojo, con ondas, y la piel exageradamente pálida; sus ojos eran cafés, y aún, pese a la frivolidad de su maquillaje, me pareció que era bastante atractiva.
-Y dime, Lynne -Jana interrumpió mis pensamientos. La miré-, ¿te agrada Atlantic City?
Esa pregunta me dejó en el aire, pero, ¿qué iba yo a hacer más que ser honesta? Respiré pausadamente antes de responder.
-No podría decir que sí- todas rieron estruendosamente, incluso Maddie y Rough. Creí que no les agradó mi comentario.
-Oh, no te preocupes -dijo, por fin Jana, una vez que las carcajadas cesaron-, es que nosotras pensamos lo mismo que tú de la ciudad cuando nos mudamos aquí.
-Sí -continuó Ember-, pero ahora estamos muy contentas de haber venido.
-Así es, ¿no es cierto chicas?- dijo Jana, en tanto se volvía a las demás, y rizaba con su dedo índice, la punta de una de sus coletas.
-Ajá- respondieron Maddie y Rough al unísono. Una parecía demasiado concentrada en su lectura y la otra sólo no gustaba de socializar. Me pareció divertido.
-Pues, tendría que conocerlo mejor todo para... -comencé a decir, pero Cara me interrumpió bruscamente.
-¡Oye!, ¿qué es esto?- miraba unos cuadernos que se habáin salido de mi mochila. No la había cerrado del todo bien. Cuando Cara intentó tomar una de las libretas (la morada con adornos de colores y brillitos en la portada), me horroricé y la quité de su alcance rápidamente.
-¡No! -no pude evitar exclamar. Todas me miraron extrañadas, mientras apretaba contra mi pecho la libreta, cuyo título: MoonLand!, había llamado la atención de mi nueva amiga.
-¿Qué ocurre? -preguntó Cara, apenada.
-Lo siento -dije más calmada-, es que éste es mi diario, y no quiero que nadie lo lea.
-¿Y por qué lo traes a la escuela?
Buena pregunta, Jana. Pensé. Mientrs todas me mirnaban ún muy desconcertadas, yo me acomodé en mi sitio pra responder. El ruido que producía como resultado la mezcla de todas las conversaciones, risotadas y gritos de todos los estudiantes, llenaba el aire, como en cualquier escuela.
-Es por mi hermana. Siempre está intentando leerlo, y por eso debo traerlo conmigo a todas partes.
Jana miró al suelo como si pensara que yo era una persona obsesiva y quizá no se equivocaba.
-Sí, sé que parece raro pero... -de nuevo me interrumpieron, pero ésta vez, no fue Cara ni ninguna de las chicas.
Sentí un fuerte golpe contra mi espalda. Por lo que alcencé a percibir entre el dolor y la indignación, alguien había tropezado conmigo. ¿Pero qué les pasaba a todos en esa ciudad? ¿Acaso traía conmigo un cartel que rezaba "golpéame"?, o simplemente traía un imán que atraía todos los accidentes físicos. A ese paso, al final de la semana estaría en terapia intensiva en algún hospital cercano. Me volví para ver a la cara al idiota que no veía por dónde iba, estaba llena de ira y quería reclamarle, pero un vez más, desistí de hacerlo en cuanto vi a esa persona.
Al igual que la última vez, se trataba de un chico, pero no era el mismo de antes. Éste era alto, atlético, increíblemente atractivo, y tenía una sonrisa encantadora. Sonrisa con la cual adornó la frase "Lo siento, me fijaré más la próxima vez". Un pequeño e inaudible suspiro escapó de mis labios. Mientras se marchaba me le quedé observando. Al parecer estaba jugando al disco volador con algunos amigos, y mientras intentaba atraparlo había chocado conmigo. En cierta forma no fue su culpa, o eso intenté hacerme creer.
-Es Jay -esas plabras me devolvieron a la realidad, olvidando mi aletargamiento.
-Perdón, ¿qué? -me volví a las chicas, que sonrieron, anticipando lo que yo estaba pensando.
-Que es Jay -repitió Ember-. Es uno de los chicos más populares de la escuela, aún así es bastante agradable, y un muy buen amigo.
-¿Entonces lo conocen? -inquirí sonriendo ligeramente.
-¿Conocerlo? -se mofó Jana-. Él es de los nuestros... a decir verdad, somos las únicas chicas en toda la escuela que podemos decir verdaderamente que él es nuestro amigo.
Entonces me junté con las chicas correctas.
-Genial.
-Oye, ¿quieres una cita con él? -la pregunta de Cara me dejó perpleja.
-Pues... no lo conozco...
No terminé de hablar cuando Jana ya estaba llamando a su amigo.
